"No tengo miedo de competir. Es justo lo contrario. ¿No lo comprendes?
Me da miedo saber que acabaré compitiendo, eso es lo que me asusta. Por
eso dejé el curso de teatro. Precisamente porque estoy tan horriblemente
condicionada a aceptar los criterios de los demás, y precisamente
porque me gusta el aplauso y que la gente me admire, pero eso no lo
justifica. Me avergüenzo de ello, me da náuseas. Me asquea no tener el
valor de no ser nadie en absoluto. Me da asco de mí misma y de todos los
que quieren causar sensación."
— J.D. Salinger (Franny and Zooey)
Si hay algo que detesto es hablar por hablar.
No me gusta malgastar palabras, por lo general soy bastante callada si una conversación no me interesa, si siento que no sé tanto sobre un tema como mis interlocutores o, simplemente, si estoy de acuerdo con lo que se dice. También, a veces, cuando estoy en contra y siento que no merece la pena discutir, por ejemplo en temas recurrentes en los que yo siempre pensaré igual: respeto.
Todo esto puede dar una imagen de mí bastante silenciosa. A veces, ya digo, es así. Pero, por lo general, me encanta hablar cuando hay terrenos comunes de interés, entre amigos, por ejemplo. Me encanta participar también cuando ni siquiera hay terrenos, porque apenas conozco a una persona que -importante esto-, me transmite buena energía y siento que me queda todo
su mundo por descubrir. Jamás insisto si no veo reciprocidad, si las respuestas a mis preguntas se limitan a monosílabos o evasivas. Entonces, huyo. Me encojo en mi caparazón de tortuga y ni siquiera muestro mis pensamientos en el lomo, como hacía
Casiopea. Mis ojos miran al infinito entonces, al suelo, y respiro más deprisa si me siento incómoda, nerviosa o enfadada, o más lento si resulta que me he ido del lugar sin que nadie lo note.
Me sumerjo en mí.
Mi incertidumbre aparece cuando encuentro tal contradicción en ciertos
gestos, invitaciones o despedidas que no sé si abrir los labios y mostrar interés o huir para siempre marcha atrás, como los cangrejos.
Hay algo bueno en todo esto y es que cada vez me cuesta menos hacer el esfuerzo y luchar por conocer a las personas que me rodean. Sí, es una lucha. Las personas, por lo general, no son fáciles de conocer. Alguien me dijo una vez, cuando tenía 15 años y era una chica bastante tímida, que las personas que no llegaban a conocer a los demás es porque no hacían el esfuerzo. Visto así, no era yo la única tímida, los demás también estaban siendo tímidos conmigo. Esto me marcó y me impulsó a hacer, al fin, el esfuerzo de conocer a los otros. Y también me indicó que, si alguien no quería conocerme, no se esforzaría y, por tanto, jamás debía sentir que era mi culpa por ser tímida. Aprendí a darme por vencida cuando no merecía la pena.
A esa edad, lógicamente, no conseguí más que una pobre imitación de conductas. Observaba, y lo que veía que les funcionaba a otros, lo aplicaba; más bien parecía una
Asperger en este aspecto, no sabía cómo había que hacer porque jamás lo había intentado en serio. Tenía mis amigas, para qué quería luchar por conocer a nadie más. Pero la adolescencia incluía un reto más, inexistente hasta entonces: los chicos. Había que superar la timidez. Así que opté por repetir las conductas de las chicas más "populares", como dicen los estadounidenses. Mi gran suerte fue que la chica más "popular" (la delegada, hablando en términos patrios) de mi clase se hizo gran amiga mía (aún hoy sigue siéndolo). Dos personalidades tan diferentes, pero con valores tan parecidos. Fue todo un descubrimiento. La adolescencia, los cambios físicos, la aceptación del grupo, ¡qué locura!
Pronto, ese esfuerzo no fue tal, convirtiéndose en algo mucho más natural durante mis años universitarios. Y, por supuesto, en el mundo laboral, afronté favorablemente uniformados puestos de cara al público (mi caparazón sigue haciendo presión aquí, mi trabajo ideal siempre será detrás de las cámaras).
Hoy en día cada vez me cuesta menos. A veces me sorprendo sintiéndome a gusto en un grupo de gente. Por lo general, no soporto mucho rato si es un GRAN grupo de gente (más de 6 personas). Porque entonces, cuando hablo, me siento observada. Odio sentirme observada. Odio sentir que doy un discurso. Odio leer mis relatos delante de un grupo de amigos, incluso. Odio todo lo que suponga vanidad y "¡silencio, oídme!" o pueda parecerlo. También lo odio en otras personas.
Pero, en cambio, me gusta escribir aquí, y me gusta porque aquí soy anónima. Es cierto que tengo amigos que me visitan de vez en cuando, pero por lo general muy pocos conocen o recuerdan la existencia de este blog que ya, para mí, se ha convertido en una droga. Una droga de la que, a veces, me desengancho, y desaparezco durante días o semanas. Pero siempre vuelvo. Y ahora, en especial, la necesito.
Así que hablaré por hablar si hace falta. Sí. Aquí puedo.