28 de febrero de 2012

Beginners

 

- Well, let's say that since you were little, you always dreamed of getting a lion. And you wait, and you wait, and you wait, and you wait but the lion doesn't come. And along comes a giraffe. You can be alone, or you can be with the giraffe. 
- I'd wait for the lion. 
- That's why I worry about you.

Beginners me ha parecido maravillosa, absolutamente real y humana. He reído y llorado por igual y me la he creído de principio a fin. Esa es mi opinión. Para saber de qué va, mejor verla.

26 de febrero de 2012

Sin ventana

Mediterráneo, al fondo.

Suele suceder cuando no tienes tiempo de hacer nada más que lo que debes hacer y no lo que quieres hacer. Es entonces cuando inventas mil maneras de llenar tu espacio sobrante, deseoso de ocio, con algo que pueda satisfacerte de alguna manera, física o mental. Yo, por ejemplo, escucho música con auriculares, de esos que aíslan el sonido exterior, de esos que la introducen en tu sangre rápidamente, como una droga o, mejor, una vacuna contra el dolor (estoy descubriendo estos días lo útiles que son Sigur Rós como música de fondo para realizar actividades que requieren gran concentración mental). Otros se refugian en noches de amor y sexo. Otros comen mientras leen, apuntan o escriben (yo también lo hago, venero la hora de la merienda sagrada. Espero así también recuperar el kilo que me falta para estar como siempre o incluso ganar un par de ellos más, que me vienen bien). Otros, y no quiero señalar, se ponen a leer blogs y, al final, acaban escribiendo en el suyo...

¿Cómo he acabado aquí hoy?

Pues porque me he dado cuenta de que estos momentos son maravillosos, este preciso instante, en el corazón de un puente (del día de Andalucía). Justo desde donde me encuentro ahora tengo dos días más para hacer todo lo que tengo pendiente y han pasado dos días en los que no he hecho prácticamente nada de lo que tengo pendiente. Y aún así, no se me ocurre otra cosa esta tarde que ponerme a soñar. Hay que ver cómo somos los seres humanos, por qué pensaremos siempre en lo bello que nos espera al final de un camino y no en disfrutarlo mientras tanto. Y he aquí que me dispongo a disfrutar de esta sensación efímera que sólo durará mientras tenga muchas cosas por hacer. Porque sé que cuando termine todo esto sólo me quedará la sombra de estas ganas terribles de vivir, de escribir, de hacer, de soñar. Las tendré, por supuesto, pero no con tanta intensidad como en este preciso momento, escuchando Sigur Rós y con mil hojas virtuales que llenar de palabras que no son mías, porque no las siento. Porque dicen cosas que quedan bien y que otros leerán y, si todo sale bien, obtendré un papel que sirve para ser profesora.

Y entonces yo diré adiós y hasta siempre a una ciudad en la que he vivido seis años y está plagada de recuerdos. Y entonces sí me pondré a llenar con palabras, con mis verdaderas palabras, nuevas hojas virtuales. Esta vez para nadie, para mí, y quizás para quien quiera leerlas algún día. Pero lo haré porque lo siento de verdad, porque no hay nada más en el mundo que me haga tan feliz como contar historias, historias que ni yo misma conozco a veces hasta el momento en que las escribo. Daré al fin vida a esos personajes que viven conmigo cada día, algunos durante años, luchando por salir de mi cerebro. Pero yo no les hago caso y continúo pateando el asfalto gris sin ellos cada mañana y cada noche, porque siempre puede más todo lo demás, lo que hay que hacer porque sí y no lo que quiero. 

Y ya está bien. 

Se merecen un poco de consideración por mi parte, porque aunque sean míos, creados en mi mente, no son yo. Y, por eso, no siento que sea fruto del ego hablar de ellos. Y por eso siento que les debo algo y que debo pedir perdón por no hacerles caso durante todo este tiempo. 

Hay un microcuento de Irene Brea que dice así:
De camino al mercado, la lechera solo pensaba en las ganas que tenía de beber la fresquísima leche del cántaro. Pero logró resistirse, y al llegar le dieron una suma exorbitante por la mercancía. Ello hizo que, en adelante, no soñara lo que habría soñado si el cántaro se hubiera roto. 

No es una maravilla de microcuento -ya de por sí es difícil que un microcuento sea una maravilla-, pero me gusta su mensaje. La idea de que las dificultades contribuyen a la creación, a la imaginación y a los sueños. No sé qué escritor fue quien dijo que había veces que se sentía culpable por las cosas malas que le pasaban en la vida, porque quizás las había provocado él para poder escribir sobre ellas. Es curioso, pero si todo fuera fácil, si tuviéramos todo resuelto y una gran cantidad de tiempo por delante, seguramente nos dedicaríamos a tumbarnos a la bartola y a perder días enteros. En cambio, ahora estoy aquí escribiendo esto, y desde el punto de vista de todo lo que debería estar haciendo en lugar de escribir aquí, estoy perdiendo el tiempo de una manera vergonzosa. Pero por otro lado, es maravilloso perder mi tiempo así, con estas ganas inmensas en mis pulmones de poder hacer, de querer vivir. Y aún es más asombroso después de los acontecimientos que he vivido en los últimos meses. Como diría el pequeño Nicolás "es fenómeno".

Recuerdo mis primeros años universitarios, cuando me quedaba sola alguna tarde en la habitación que compartía en la residencia de estudiantes, el mar se veía desde la ventana,  que estaba alta y yo tenía que elevarme un poco en mi asiento, apoyando las manos sobre el escritorio, para poder contemplarlo ante mí. Durante el día cambiaba de color, desde el gris-plata al azul más intenso. Me acostumbré a sentarme sobre mis rodillas para poder verlo todo el tiempo. Y llenaba notas, post-its, de ideas para futuros escritos. De ellas surgieron varios relatos, un corto y otras aún siguen esperando a que las escriba. Recuerdo con tanto cariño aquellos años, aquella ventana. Jamás he estado más inspirada, jamás he tenido tanto futuro por delante. Y ahora, doce años después, estoy sintiendo algo muy parecido, entre todos estos papeles, y sin necesidad de ventana alguna que dé al mar.

25 de febrero de 2012

Señal

Desconfía de aquel que siempre fue sincero si de pronto un día señala que lo está siendo.


20 de febrero de 2012

Madrugada

Hace poco hablé del cine de los 90 de Hal Hartley. Bueno, sólo dije que me encantaba el cine de Hal Hartley (concretamente Trust, The Unbelievable Truth, Simple Men y Flirt, que son las que he visto hasta ahora) y puse un vídeo de una secuencia maravillosa de Simple Men.

Hoy hablaré de lo que me encanta Madrugada (y aunque en el enlace ponga "was" debería poner "is", porque la banda sigue en activo). En realidad, sólo pondré un vídeo con una de sus muchísimas canciones maravillosas. Y diré más, cualquiera de ellas podría, perfectamente, formar parte de alguna banda sonora de Hal Hartley


18 de febrero de 2012

Ojo de huracán

"Sería todo mucho más sencillo si no te hubieran inculcado esa historia de llegar a algún sitio, bastaría con que te hubieran enseñado, sobre todo, a ser feliz permaneciendo inmóvil. Todas esas historias sobre tu camino. Encontrar tu camino. Ir por tu camino. A lo mejor, en cambio, estamos hechos para vivir en una plaza, o en un jardín público, allí quietos, dejando pasar la vida, a lo mejor somos una encrucijada, el mundo necesita que estemos quietos, sería un desastre que nos marcháramos, en un momento dado, por nuestro camino, ¿qué camino?, los otros son los caminos, yo soy una plaza, no llevo a ningún sitio, soy un sitio."
                                                                                    Alessandro Baricco (City)

Es curioso cómo continuamente violamos el silencio, cómo pasamos como una ráfaga de viento y, sin quererlo, rompemos el aire inmóvil a nuestro alrededor. Con nuestro efecto pantalla agitamos levemente cabellos ajenos, ojos desconocidos se mueven silenciosamente en sus cuencas y nos miran por un segundo, quizá alguna ceja se encoge extrañada o sorprendida ante nuestro caminar y, así, sentimos por un momento que somos reales, que existimos.

Un segundo después todo vuelve a la normalidad. Los ojos desconocidos siguen mirando hacia adelante o vuelven a encontrarse con aquellos ojos conocidos con los que iban conversando. El cabello se asienta obediente sobre la cabeza a la que pertenece. Las cejas recuperan sus expresiones habituales.

Los que caminamos solos volvemos a ser anónimos, volvemos a ser silencio. Y todo está bien así.

En esta noche de cemento, de realidades ajenas engullidas por cristales de luz, me alegro sutilmente de ser silencio ahora, esta noche, aquí. Me alegro tanto que siento que todo lo que me ha pasado era necesario. Y no siento prisa por nada ahora mismo. Sólo porque pase este mes tan agotador que me espera y tener al fin tiempo para mí, para escribir al fin, para tumbarme a pensar sin sentirme culpable de no estar haciendo lo que me exigen otros.

Mi mente es mía. Nadie puede entrar ahí si yo no quiero. Lo que acabo de decir, en muchos casos, es una mentira como una catedral, pero quiero pensar que nadie puede entrar ahí si yo no quiero.

Ningún mal.

Si pienso bien. Si respiro unos segundos en medio del ruido y del efecto pantalla que otros hacen sobre mí, mis cabellos agitados en un huracán, mis ojos cerrados, mis cejas tranquilas, extendidas, sin fruncir el ceño. Pranayama. Sólo hay imágenes que me hacen sonreír en mi cabeza: el desierto, la vida en otros planetas...

Somos pequeños, diminutos, y aún así somos libres. Dentro de nosotros mismos. Nadie puede expulsarme de mi planeta secreto. Este es mi sitio. Yo soy este sitio.

13 de febrero de 2012

Caparazón

 "No tengo miedo de competir. Es justo lo contrario. ¿No lo comprendes? Me da miedo saber que acabaré compitiendo, eso es lo que me asusta. Por eso dejé el curso de teatro. Precisamente porque estoy tan horriblemente condicionada a aceptar los criterios de los demás, y precisamente porque me gusta el aplauso y que la gente me admire, pero eso no lo justifica. Me avergüenzo de ello, me da náuseas. Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto. Me da asco de mí misma y de todos los que quieren causar sensación."

                                               — J.D. Salinger (Franny and Zooey)


Si hay algo que detesto es hablar por hablar.

No me gusta malgastar palabras, por lo general soy bastante callada si una conversación no me interesa, si siento que no sé tanto sobre un tema como mis interlocutores o, simplemente, si estoy de acuerdo con lo que se dice. También, a veces, cuando estoy en contra y siento que no merece la pena discutir, por ejemplo en temas recurrentes en los que yo siempre pensaré igual: respeto.

Todo esto puede dar una imagen de mí bastante silenciosa. A veces, ya digo, es así. Pero, por lo general, me encanta hablar cuando hay terrenos comunes de interés, entre amigos, por ejemplo. Me encanta participar también cuando ni siquiera hay terrenos, porque apenas conozco a una persona que -importante esto-, me transmite buena energía y siento que me queda todo su mundo por descubrir. Jamás insisto si no veo reciprocidad, si las respuestas a mis preguntas se limitan a monosílabos o evasivas. Entonces, huyo. Me encojo en mi caparazón de tortuga y ni siquiera muestro mis pensamientos en el lomo, como hacía Casiopea. Mis ojos miran al infinito entonces, al suelo, y respiro más deprisa si me siento incómoda, nerviosa o enfadada, o más lento si resulta que me he ido del lugar sin que nadie lo note.

Me sumerjo en mí.

Mi incertidumbre aparece cuando encuentro tal contradicción en ciertos gestos, invitaciones o despedidas que no sé si abrir los labios y mostrar interés o huir para siempre marcha atrás, como los cangrejos. 

Hay algo bueno en todo esto y es que cada vez me cuesta menos hacer el esfuerzo y luchar por conocer a las personas que me rodean. Sí, es una lucha. Las personas, por lo general, no son fáciles de conocer. Alguien me dijo una vez, cuando tenía 15 años y era una chica bastante tímida, que las personas que no llegaban a conocer a los demás es porque no hacían el esfuerzo. Visto así, no era yo la única tímida, los demás también estaban siendo tímidos conmigo. Esto me marcó y me impulsó a hacer, al fin, el esfuerzo de conocer a los otros. Y también me indicó que, si alguien no quería conocerme, no se esforzaría y, por tanto, jamás debía sentir que era mi culpa por ser tímida. Aprendí a darme por vencida cuando no merecía la pena.

A esa edad, lógicamente, no conseguí más que una pobre imitación de conductas. Observaba, y lo que veía que les funcionaba a otros, lo aplicaba; más bien parecía una Asperger en este aspecto, no sabía cómo había que hacer porque jamás lo había intentado en serio. Tenía mis amigas, para qué quería luchar por conocer a nadie más. Pero la adolescencia incluía un reto más, inexistente hasta entonces: los chicos. Había que superar la timidez. Así que opté por repetir las conductas de las chicas más "populares", como dicen los estadounidenses. Mi gran suerte fue que la chica más "popular" (la delegada, hablando en términos patrios) de mi clase se hizo gran amiga mía (aún hoy sigue siéndolo). Dos personalidades tan diferentes, pero con valores tan parecidos. Fue todo un descubrimiento. La adolescencia, los cambios físicos, la aceptación del grupo, ¡qué locura!

Pronto, ese esfuerzo no fue tal, convirtiéndose en algo mucho más natural durante mis años universitarios. Y, por supuesto, en el mundo laboral, afronté favorablemente uniformados puestos de cara al público (mi caparazón sigue haciendo presión aquí, mi trabajo ideal siempre será detrás de las cámaras).

Hoy en día cada vez me cuesta menos. A veces me sorprendo sintiéndome a gusto en un grupo de gente. Por lo general, no soporto mucho rato si es un GRAN grupo de gente (más de 6 personas). Porque entonces, cuando hablo, me siento observada. Odio sentirme observada. Odio sentir que doy un discurso. Odio leer mis relatos delante de un grupo de amigos, incluso. Odio todo lo que suponga vanidad y "¡silencio, oídme!" o pueda parecerlo. También lo odio en otras personas.

Pero, en cambio, me gusta escribir aquí, y me gusta porque aquí soy anónima. Es cierto que tengo amigos que me visitan de vez en cuando, pero por lo general muy pocos conocen o recuerdan la existencia de este blog que ya, para mí, se ha convertido en una droga. Una droga de la que, a veces, me desengancho, y desaparezco durante días o semanas. Pero siempre vuelvo. Y ahora, en especial, la necesito.

Así que hablaré por hablar si hace falta. Sí. Aquí puedo.

12 de febrero de 2012

LØV




Directora: Stephanie di Giusto

Fade to Black (Fundido a negro)

Con el mismo espíritu que escribí la entrada anterior, el de cerrar definitivamente una etapa y pasar página sin rencor en el corazón, con los brazos abiertos y una sonrisa sincera de cara a todo lo bueno que me depara la vida, aquí se acaba mi escritura "convaleciente".

A partir de ahora volveré a mi dinámica habitual, a mis reflexiones espontáneas, y a dejar constancia de todo lo que me llama la atención y considero que no merece caer en el olvido o el anonimato.

Y para despedida y cierre a lo grande, aquí va Eddie Vedder con Black.

11 de febrero de 2012

Tabula rasa

No es justo de cara a la persona maravillosa que se cruce en mi futuro ser juzgada ante mis ojos respecto a mi dolor ya pasado.


Esa persona también habrá sufrido, quizá, una mentira y sabrá de qué padezco, así que tampoco es justo que esa persona me juzgue como a quien le mintió.

Y como nada de esto es justo, yo al menos no lo voy a hacer.

Tabula rasa.

10 de febrero de 2012

Extraterrestre

Es cierto que fomentar el espíritu crítico es importante. Muy importante. Las personas deben saber qué defienden, qué afirman, qué rechazan. Pero también deben saber cuándo estar de acuerdo, cuándo decir "sí", cuándo aceptar una mano amiga. Existen argumentos estupendos con los que identificarse, sin tener que ser más originales que otros a toda costa, ¡que no vean que compartimos opinión!, que quede claro que tenemos nuestro punto de vista propio, único, genuino, inconciliable con el de ninguna otra persona. Soy especial, nadie me comprende. Me encierro. Todos fuera.

Rechazarlo todo no es tener espíritu crítico, es ser idiota.

A menudo veo necesario compartir la pipa de la paz con otros humanos para poder seguir disimulando que me siento extraterrestre. Y hay momentos, cuando reímos juntos, en que, incluso, me siento una de ellos.